La hostilidad en la ciudad
Vamos por la ciclovía un grupo de ciclistas en dirección al centro de Providencia. Un automovilista se dispone a girar en la esquina. Si continúo pedaleando, es inevitable que choque el costado de su auto. Entendiendo que enfrentar una bicicleta en contra de un auto supone una batalla perdida, decido desacelerar. En esto, pasa al frente un ciclista determinado a hacer valer la preferencia que tenemos en estas situaciones. Por supuesto, chocan. El ciclista cae al suelo, y se recupera rápidamente para empapelar de chuchadas al conductor. El conductor, sin demostrar vergüenza, se aleja rápidamente de la escena para dejar atrás a una persona furiosa y, por suerte, levemente herida.
Escenas como esta se repiten a diario en Santiago. La violencia no se limita a las ciclovías: se infiltra en el metro, en las avenidas abarrotadas, en el transporte público, en los centros comerciales y hasta en los parques, esos supuestos espacios de descanso.
Decir que Santiago es una ciudad hostil sería repetir algo que ya se ha dicho muchas veces. En esta entrada, prefiero compartir mis reflexiones sobre los efectos de esa hostilidad en las personas, tal como la percibo desde mi propio trasfondo provinciano luego de vivir un año en la capital.
La metrópolis es un monstruo que demanda la sangre de sus habitantes: exige su trabajo, su tiempo y su energía para sostener la realidad material que ella misma ha creado. Cientos de miles de personas, cada día, se enfrentan a estos escenarios hostiles para movilizarse por la ciudad; para ser empujadas y sometidas, no necesariamente por un individuo, sino por la ciudad en sí misma. Invisibles y malhumorados, los santiaguinos avanzan sobre cintas transportadoras, inundando las venas y arterias que mantienen vivo a este monstruo, rumbo a sus lugares de trabajo y de consumo.
La mejor defensa es fingir indiferencia. Una de las sensaciones más comunes que experimentan los foráneos en Santiago es la aparente libertad que otorga la indiferencia de quienes la habitan. Claro, en contraste con un pueblo medianamente pequeño donde todos se conocen, esa atención constante hacia el otro puede derivar en relaciones de opresión. Pero esta indiferencia no es real. Los citadinos se desplazan tensos, apretados, fingiendo estar ausentes de su entorno. La máscara se quiebra cuando alguien les arrebata aquello que les fue prometido. Entonces surgen estallidos, chispas de una violencia inquieta, como un espejo de la ciudad misma.
Es esta indiferencia de la ciudad hacia quienes la construyen la que provoca escenas donde sus habitantes se enfrentan entre sí, dispuestos a morir con tal de confirmar que existen; reclamando lo que alguna vez les fue prometido en una fantasía de progreso que siempre está por venir. En su manifestación más extrema, algunos se arrojan a las líneas del metro en hora punta, haciendo su último esfuerzo por ser vistos; el último acto de revancha contra la metrópolis.
“Otra vez se tiró un weón en hora punta por la chucha.”
“Que se maten sin webiar a nadie”, se comenta en los vagones.
La cifra de personas que se arrojan a las vías aumenta año a año. Recordemos las medidas que tomó el Costanera Center para evitar que los suicidas se lanzaran desde el quinto piso y, con su sangre, interrumpieran el sagrado acto del consumo.
“Pongamos un toldo para tapar el cuerpo”, resolvieron los sacerdotes.
Santiago es Chile
En algún momento decidí mudarme a Santiago, y aún sostengo las razones. Como toda metrópolis, su oferta de panoramas es inmensamente más variada que la de una ciudad pequeña: restaurantes, conciertos, cafeterías, exposiciones... El problema aparece cuando uno cae en cuenta de que todos esos panoramas son, en realidad, escenarios donde se consume.
Santiago sufre la escasez de espacios públicos. Viviendo en casi cualquier punto de la ciudad —salvo contadas excepciones—, uno puede caminar durante horas sin salir del laberinto de cemento que imponen sus edificios. En comparación con ciudades como Viña del Mar o Valparaíso, el mar es un alivio natural al concreto. Por su geografía, Santiago necesita de un esfuerzo concertado para crear espacios públicos. Pero por ideología, estos esfuerzos suelen escasear y fracasar.
La partícula elemental de esta ideología es el consumo. Cualquier cosa que realicen los habitantes de la ciudad para olvidarse de la ciudad debe tener un precio; debe formar parte de la cadena productiva. Así, el consumo se entrelaza con la identidad: ¿dónde consumes? ¿qué consumes? ¿cuánto te costó? Ese lugar es muy flaite...
A veces parece que hacemos cosas con el único fin de proyectar una imagen cuidadosamente construida en las redes sociales, contribuyendo así al espectáculo y al circuito cerrado de retroalimentación que sostiene a las plataformas tecnológicas. Aparecer en el festival de moda resulta más importante que encontrar el verdadero goce en esos eventos.
"Lo que es bueno aparece, aparece lo que es bueno."
¿Y dónde estudiaste?
La metrópolis esta diseñada de tal forma que el modo de experienciar la ciudad, depende de tu capacidad de consumo que la propia ciudad te provee. La ciudad esta cuidadosamente diseñada para separar a las distintas castas que la componen y esto también pasa a ser parte de la identidad del citadino.
¿Dónde vives? ¿Dónde estudiaste? ¿A qué te dedicas? Casi siempre son las primeras preguntas que se hacen al conocer a alguien. Estas preguntas, aunque ingenuas en apariencia, están diseñadas para categorizar y medir: ¿de cuántas “fichas de pulpería” dispone esta persona? Chile, en general, es un país muy clasista. Hemos importado de la costumbre inglesa la tendencia a evaluar a alguien por su vestimenta, postura, acento, color de piel, olor y, últimamente, nacionalidad. Esta práctica se exacerba en la capital. Dependiendo de cómo te perciban, te tratarán; y, dependiendo de cómo los percibas, los tratarás. En esta dinámica de relaciones, la competencia nace de manera orgánica.
Incluso los hobbies, experiencias humanas que deberían despejar la mente y ofrecer un respiro, se convierten en espacios de rivalidad entre las personas. Los ciclistas, por ejemplo, pasan a transformarse en competidores de alto rendimiento, ocupando las ciclovías como si fueran pistas de entrenamiento. Lo que debería ser un espacio de goce termina convirtiéndose en otra excusa para pisotear al otro y, en el fondo, a sí mismos.
Espacios de Resistencia.
No todo es malo. Todos tenemos un espacio en nuestro fuero interno donde cuestionamos la relación tóxica que mantenemos con la ciudad y el consumo. Estos cuestionamientos, usualmente silenciados en contextos sociales, se hacen visibles apenas alguien toca el tema: pronto uno se da cuenta de que aún existe una energía remanente y contraria en las personas presentes. Afortunadamente, he tenido la suerte de encontrar personas que conservan el coraje de cuestionar ciertas dinámicas que se presentan como “normales”. El conformismo, por su parte, suele ser una enfermedad que mata lentamente las voluntades y las somete al ritmo impuesto.
La amabilidad aún puede ser una herramienta de resistencia. En una ciudad que invisibiliza a los citadinos, un acto simple de amabilidad hacia el otro puede humanizar un momento que, de otro modo, podría terminar de manera violenta. No quiero pecar de ingenuo: entiendo que la amabilidad es también una forma de mantener la distancia del otro, pero la cordialidad puede salvarnos de un momento incómodo y permite que ambos continuemos con nuestro día sin cargar el remanente amargo de un desencuentro innecesario. No veo en este acto una forma de cambiar las costumbres de la ciudad. La metrópolis es, y seguirá siendo, igual que siempre, sin notar mi presencia en ella. Este espacio lo concibo como una forma de resistencia, principalmente para salvarme a mí mismo.
Por último, la oferta contra-cultural en Santiago sigue siendo más amplia y variada que en provincias de Chile. Estos espacios siguen proveyendo un espacio de crítica, reflexión y, en algunos casos, de solidaridad. En este corto e intenso año, los he tocado de manera tangencial, pero espero adentrarme un poco más en estos lugares que podrían servir como refugio para resguardarse de la sensación de invisibilización que impone la metrópolis.

